La determinación de nuestra Administración Educativa de sacar la religión de la escuela tiene una amplio respaldo social tanto entre la mayor parte de la izquierda como en algunos sectores cristianos. Sin embargo, lo cierto es que hasta ahora se ha mantenido muy alto el porcentaje de familias que eligen cada año la asignatura de religión católica, en los colegios concertados, por supuesto, pero también en los públicos, aunque en menor medida (http://www.conferenciaepiscopal.es/wp-content/uploads/2017/05/ALUMNOS_MATRICULADOS_CURSO_2016-2017.pdf).

La percepción generalizada es que la religión pertenece al pasado y que un auténtico progreso humano y social ha de desembarazarse de tan pesado lastre. Las ingeniosas tesis de L. Feuerbach (1804-1872) hicieron fortuna en la crítica de la religión de K. Marx y de S. Freud, los grandes profetas de nuestra época.

Es tesis generalizada que las religiones en general y, especialmente el cristianismo, son la causa de las guerras. En nuestro país, además, se entiende el catolicismo como una prolongación del poder de la Iglesia propiciado por el régimen franquista y muchos son los que creen que no habrá una auténtica democracia hasta que la Iglesia no desaparezca de la vida pública, siendo la educación uno de los primeros puntos que habría que revisar. Es lo que proponen directamente algunos partidos.

Más allá de las respectivas posturas políticas que, en todo caso, se han de mover dentro del marco de la legalidad vigente, creo que el planteamiento no es cómo el Estado ha de abordar el tema, sino en qué medida ésta es una cuestión vital para las personas y, por tanto, para la ciudadanía. Porque si la cuestión de Dios importa al hombre y a su realización personal, no puede quedar fuera de la educación. A no ser que concibamos la educación solo como un itinerario de preparación para el ejercicio técnico de una profesión. Y hoy nadie dice eso. Todos hablamos de educación en valores, de educación emocional, de educación integral… Pues la educación religiosa no deja de ser una pieza fundamental de esa educación integral. En la escuela, la Iglesia pretende un desarrollo pleno del alumno, es decir, de todas sus capacidades: intelectuales, sociales, afectivas, morales y religiosas, dicen los obispos españoles en su documento sobre la escuela católica de 27 de abril de 2007.

¿Por qué este empeño en recortar al hombre? Y ¿por qué justamente en un tiempo en el que el desconocimiento de las nuevas generaciones sobre el particular, la ausencia de verdaderos puntos de encuentro entre religiones y el prejuicio antireligioso nos están abocando a todo tipo de fundamentalismo violento? Mi amigo Pedro Fraile lo ponía de manifiesto con ocasión del atentado de Londres a principio de mes, en su artículo «La religión de los ciudadanos del siglo XXI» que recomiendo leer con atención (http://pedrofraile.blogspot.com.es/2017/06/la-religion-de-los-ciudadanos-del-siglo.html). Mientras que occidente ha decidido que Dios es un concepto vacío, los islamistas radicales lo han convertido en expresión de odio y venganza. Y ante semejante desafío, a nosotros solo se nos ocurre declarar la cuestión como irrelevante para el bien social, desistiendo directamente de nuestra responsabilidad educativa.

La religión no es el problema. En centros como el nuestro, ha sido ejemplar su tratamiento como una asignatura importante y creo humildemente que hemos contribuido a crear espacios de encuentro interculturales e interreligiosos. Porque, como todo el mundo sabe, en nuestro colegio conviven con naturalidad alumnos de muy diversas nacionalidades y religiones, incluido, por supuesto, el Islam. Y esto, no a pesar de ser un colegio católico, sino precisamente por serlo. El celo del Departamento por separar a los alumnos por su religión no representa un progreso sino un retroceso. El que un alumno musulman asista con naturalidad y aprovechamiento a una clase de religión católica no cabe en la progresistas cabezas de nuestros mandatarios. Son fervientes seguidores del trasnochado A. Comte (1798-1857), quien hablaba del espíritu humano en su progresivo avance en tres estadios: el teológico, el metafísico y el positivo, siendo sólo éste último el verdadero, aquél en el que el hombre indaga los fenómenos con método científico mediante el uso bien concertado del razonamiento y de la observación. Y dado el carácter irreversible de este progreso así concebido por el autor, entiendo que nuestros dirigentes no acierten a explicarse por qué la religión no ha desparecido todavía de la mente humana y de la sociedad. Los datos son tozudos. Pero ellos siguen la máxima del periodismo creativo: no dejes que la realidad te arruine una buena teoría.

La religión no es el problema. El problema son ellos. Están muy trasnochados y, en este tema en concreto, hacen gala de una alarmante irresponsabilidad.


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