No existe orientación educativa que se precie que no ponga al alumno en el centro de la misión institucional.

Celebrábamos el miércoles pasado en el Colegio Santo Domingo de Silos una eucaristía por los miembros de la comunidad educativa fallecidos durante el último año. En nuestro centro no lo hacemos nunca a título particular, sino que promovemos este momento de encuentro comunitario en el mes de noviembre, en fechas cercanas a la de la muerte de nuestro fundador, D. Julián Matute Hervías (20/11/1990). Reunir a la comunidad educativa solo lo podemos hacer en señaladas ocasiones; por eso, es un testimonio de fe que una de ellas sea precisamente para recordar a nuestros difuntos y pedir por ellos, al mismo tiempo que acompañamos a sus familiares y amigos. Y es que la comunidad educativa tiene algo de familia.

En momentos así siempre me pregunto por qué nos cuesta tanto en la práctica docente considerar la muerte de las personas cercanas como un relevante contenido educativo. Tarea ineludible de la escuela es la de preparar profesionales y educar ciudadanos que aporten sus conocimientos y su persona al bien común. Pero tarea suprema e irrenunciable de la misma es forjar al hombre y a la mujer del mañana. Educamos para la vida, no nos cansamos de repetir, y, sin embargo, eludimos descaradamente la muerte, como si nada tuviera ésta que ver con la vida, con las experiencias fundantes de amor por los nuestros o con el sentido de la existencia. Propongo incorporar la muerte como contenido imprescindible del currículo.

Los que se han ido, siguen viviendo en nosotros en el amor que les tenemos. Su memoria pervive en nosotros porque, de algún modo, cada uno somos un poco lo que la relación con los demás nos ha ido haciendo. Por eso, cuando el otro ya no está, algo suyo ha quedado en mí. Y no solo el sentimiento; me atrevería a decir incluso que su misma misión personal. Es como si formáramos parte de una y única tarea compartida que se mantiene viva gracias a la contibución de sucesivas generaciones. Queda entonces ahora bajo mi responsabilidad la misión sagrada de seguir trabajando por el bien de los que vendrán. Es el honroso legado de los que nos han precedido en el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. Su memoria pervive en nosotros y, a través nuestro, la originalidad de su ser irrepetible perdura en el mundo.

La responsabilidad de seguir adelante con el testigo de la misión, sin embargo, no puede sostenerse sin el dedicido empeño por el cuidado de uno mismo. Son muchas las personas que, ante la muerte de un ser querido, sucumben a la tentación del abandono personal y de la desesperanza. La experiencia les rompe de tal forma que ya no vuelven a ser los mismos. Qué duda cabe que son situaciones que requieren la ayuda de los otros, muchas veces la de un profesional. El duelo tiene sus tiempos, pero la dura tarea de reconstrucción personal no sucede por el mero paso del tiempo, sin uno poner de su parte. Pues bien, nada de eso sería posible sin la inestimable ayuda de la fe ni la imprescindible experiencia del amor. Para los que creemos en Jesús, la muerte solo tiene sentido si la miramos a la luz de la mañana de resurrección. Y el ser interno de las personas solo renace y se recrea por un amor que es más fuerte que la muerte, y ése solo puede provenir del que Él mismo es amor.

José Luis ha encarnado el amor de Dios en su vocación por la educación. Al recordarle y pedir por él, junto con el resto de los difuntos de la comunidad educativa, damos gracias a Dios por su vida y acogemos con renovado ánimo su legado en favor de la educación cristiana de las nuevas generaciones.

 


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