El pasado jueves nos reuníamos en el Seminario de Zaragoza un nutrido grupo de sacerdotes con ocasión del programa de formación permanente del clero. Personalmente felicito a los organizadores por lo oportuno de la reflexión, la laicidad, y por la elección del extraordinario ponente que nos acompañó, D. Rafael Díaz-Salazar.

El profesor Díaz-Salazar es conocido en las ciencias sociales españolas y latinoamericanas por su contribución a la renovación de la sociología de la religión, una ciencia viva que, evidentemente, no tiene cabida en las mentes de quienes ponen su ideal de laicidad en la reclusión de las religiones al ámbito de lo privado.

De lo escuchado ese día, me interesan especialmente dos cuestiones: la necesidad de seguir avanzando en España en el diseño de una sociedad laica fundamentada en el respeto, y la consideración de la laicidad como un signo de los tiempos para la Iglesia.

Esta segunda cuestión constituye una decisiva clave pastoral para enfocar correctamente qué queremos decir con la expresión «Iglesia en salida». Una Iglesia misionera que se precie tendrá que aceptar de buen grado que el de la laicidad es el contexto en el que tiene que desarrollar su misión. Osea, como Jesús: en los caminos, en las aldeas, entre la gente. Y, sin embargo, ya véis: toda la atención para la pastoral parroquial. Como si por un momento nos hubiéramos olvidado de que nuestro campo de evangelización es el mundo.

Además, los cristianos nos tendremos que acostumbrar a promover la laicidad, lo que implica la defensa del pluralismo y de la libertad religiosa como un valor de primer orden para nuestra sociedad. Y, al mismo tiempo, exigir al estado neutralidad ideológica y religiosa. Al hacerlo, no estamos pensando solo en nuestros intereses, sino en los de una sociedad en la que somos y nos sentimos ciudadanos de pleno derecho. La cuestión es si la religión es buena o no para la cultura de un país o es solo un bien de consumo interno para los creyentes. Se trata de descubrir y de creer o no en la relevancia antropológica, moral y cívico-política de la religión para nuestras sociedades modernas. Y por eso existe precisamente una ciencia que se denomina Sociología de la Religión. Una ciencia que, más allá de nuestro antiguo plan de estudios de teología, nos interpela tanto a los que desde posiciones de Iglesia desconfiamos de la laicidad, como a los que movidos por ataques de histeria fundamentalista consideran a las religiones como la causa de todos los males sociales y orientan sus objetivos a que desaparezca del espacio público.

Termino con una cita de Norberto Bobbio que bien puede resumir la entraña de una nueva actitud a cultivar unos y otros:

«He aprendido a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de cualquier conciencia, a entender antes que a discutir, a discutir antes que a condenar»

La laicidad, un signo de los tiempos.


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