Magistral lección de historia la que acaba de impartir D. Isidoro Miguel García en el marco del acto de apertura de curso del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón, más conocido como CRETA: La Diócesis de Zaragoza: de la restauración eclesiástica (1118) a sede metropolitana (1318).

Seguro que a muchos les ha pasado totalmente desapercibido el septimo centenario de la elevación del obispado de Zaragoza, hasta entonces dependiente de la archidiócesis de Tarragona, al rango de sede metropolitana (18 de julio de 1318). Y no porque no haya habido iniciativas por parte de la Archidiócesis, sino por el poco eco que tienen en nuestra sociedad zaragozana y aragonesa en general acontecimientos que directamente se menosprecian por tener un sesgo religioso.

Ejemplo palmario de lo que digo es el poco entusiasmo que despierta en los medios culturales zaragozanos el Alma Mater Museum. Un museo ubicado en el que fuera palacio residencia de los reyes de Aragón.

Otro ejemplo: todavía recuerdo con perplejidad el nulo entusiasmo que suscitó en 2004 en la ciudad de Zaragoza la conmemoración del 200 aniversario de la fundación de las Anas, una de las congregaciones femeninas más numerosas de la Iglesia católica, con presencia en todas las partes del mundo y nacidas a los pies de la Virgen del Pilar.

El pensamiento dominante tiende a relegar la religión al terreno de la irrelevancia social. Algo bien sorprendente, por cierto, cuando lo que precisamente nos enseña nuestra historia es la estrecha imbricación de la fe cristiana con la construcción de la cultura occidental. No hay más que adentrarse en la obra de Isidoro para darse cuenta desde el principio de los contornos de esa inculturación de la fe en nuestra ciudad, en el periodo que va del siglo XII al XIV, para lo bueno y para lo malo: Reino de Aragón-Corona de Aragón, fueros, amplios territorios bajo la dinastía de reyes aragoneses. ¿O acaso no es eso de lo que presumimos frente a las pretensiones identitarias de los independentistas catalanes?

Y si en este caso la cultura aragonesa paga con consigna de silencio, más sorprendente es todavía la prevención con la que se aborda la otra gran fecha de la historia de la ciudad: la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador el 18 de diciembre de 1118. Imagino los esfuerzos que los organizadores de los actos para conmemorar tal efemérides deben estar haciendo para no pronunciar la palabra «conquista» y para recrear unos acontecimientos que causan incomodidad en los que anteponen la querencia de lo políticamente correcto y desisten de trabajar con rigor en el esclarecimiento de lo que aquello pudo ser y significar. En todo caso, poca repercusión mediática de uno de los acontecimientos más decisivos para la historia de Zaragoza y de Aragón de todos los tiempos.

Y como quiera que, según he creído entender, se ha prescindido en la preparación de la conmemoración de la competente aportación de los historiadores de la Iglesia, mucho más oportuno me parece este detallado estudio de la historia de Zaragoza que nos presenta nuestro colega Isidoro haciendo gala de rigor científico y al mismo tiempo de una compasiva mirada misericordiosa que dice mucho de su madurez humana y de su talla cristiana: «Estudiar la historia de la Iglesia es descubrir la acción del Espíritu Santo en medio de las miserias de los hombres. Una historia de luces y sombras».

Altura de miras de la que hoy ya no se estila y, por eso mismo, obra imprescindible para una conmemoración histórica lejos del aburrimiento de insulsos protocolos oficiales en los que los políticos, como de costumbre, pronunciarán convencionales discursos para la galería no exentos de intencionalidad política, que es a donde al final nos quieren llevar a todos.

Isidoro, amigo, magistral lección de historia.


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