Guardo en la retina desde el jueves la imagen de una madre musulmana con su hijo pequeño de la mano camino del colegio. Me refiero al de mi barrio, el Cándido Domingo. Imagen que se repite cada día cuando, del Arrabal profundo, familias enteras emergen por las calles Horno, Jorge Ibort o Villacampa hacia Sobrarbe para comenzar las rutinarias tareas escolares.
Me impresiona mucho la figura de esa mujer joven, vestida a la manera tradicional con su velo perfectamente colocado, su caminar pausado, elegante, con la dignidad de quien es plenamente consciente de la trascendencia de ese hecho tan cotidiano y al mismo tiempo tan extraordinario que consiste en llevar a su hijo de la mano al colegio. Reconozco que se trata de una estampa que me conmueve profundamente, porque es para mi toda una parábola cargada de significado.
Me viene entonces a la mente la sabiduría de la doctrina conciliar de la Declaración Nostra aetate, cuando habla del aprecio con el que la Iglesia mira a los musulmanes que adoran al único Dios, veneran a Jesús como profeta, honran a María, su madre virginal y a veces también la invocan devotamente. Es más, que si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres (NA 3).
Llegados a este punto, recuerdo también la viva impresión que dejó en mi un comentario, hace ya casi 20 años, de mi profesor de Salamanca, Olegario González de Cardedal, cuando en la obra La Iglesia en España 1950-2000, se preguntaba por lo que la Iglesia podía ofrecer a la sociedad española de cara al futuro próximo. Y se hacía la siguiente pregunta a modo de ejemplo: «¿cuántos cristianos, sacerdotes y seglares, están aprendiendo ya árabe y cuántas escuelas está poniendo en marcha la Iglesia, para entrar en comunicación y diálogo con los cinco millones de musulmanes que para dentro de muy pocos años vivirán en el cinturón de Madrid y Barcelona?» (pág. 412).
Por eso, no dejo de alegrarme, y cada día más, por las numerosas familias musulmanas que eligen nuestro colegio como su colegio. Más desde que un gobierno conservador universalizara el derecho a disfrutar una beca de comedor a los que por nivel de renta tenían verdadera necesidad de las mismas, aunque estudiasen en un colegio concertado. Y me alegro de ver también por los pasillos de Santo Domingo de Silos la misma imagen que en las calles de mi barrio. Porque es aquí donde se caen todos los prejuicios y restricciones mentales de nuestros agnósticos dirigentes que tratan por todos los medios de dogmatizar categóricamente que un musulmán no debe solicitar un colegio católico. ¡Tan insensibles como de costumbre para comprender la grandeza, arraigo y profundidad del hecho religioso!
Y porque, en sentido contrario, es en centros como el nuestro desde donde se cuestiona de raíz el prejuicio de cierto fundamentalismo católico que reniega del principio del diálogo interreligioso, apartándose de este modo del sentir de la propia Iglesia ¡Tan insensibles como de costumbre para comprender la acción del Espíritu Santo fuera de los límites visibles de la misma!
Pues aquí demostramos día a día que esto es posible, deseable y fructífero. Porque ¿cómo, si no, vamos a fomentar el diálogo y la colaboración con las otras religiones?¿Cómo hacer efectiva la exhortación que el Concilio Vaticano II, es decir, la Iglesia oficial, hace a los cristianos para que reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que existen en las demás religiones? Nuestros centros católicos son un excelente punto de encuentro para el diálogo entre religiones, para la interculturalidad, para crear fraternidad y promover el mutuo aprecio y reconocimiento. Y no a pesar de ser católicos, sino precisamente por serlo.
El pasado jueves, decía al principio. El mismo día en el que, tras el primer CafEscucha en el Colegio, mi mirada se fijó rápidamente en una de las fotos que el responsable de comunicación había subido al Facebook, la foto de un colegio de Iglesia que mira con aprecio a los musulmanes.
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