La semana pasada fallecía en Zaragoza el sacerdote diocesano José Laín que, después de un dilatado servicio ministerial en varias parroquias, y ya más en sus años de jubilación, acompañó como guía a numerosos grupos de peregrinos en Tierra Santa.

En mi primer viaje a Israel me sorprendió enormemente la obra que mantienen los Franciscanos en Jericó, territorio palestino. Una parroquia y un colegio católico en el que el 99% de sus alumnos eran por entonces palestinos musulmanes. Supongo que el panorama, años después, seguirá siendo el mismo.

Una situación  parecida a la que en el año 2013, esta vez formando parte de un grupo de profesores, familias y amigos del Colegio Santo Domingo de Silos, nos encontramos en pleno centro de Jerusalén en otro colegio católico, promovido por la cooperación española a mediados del siglo pasado: el Colegio Español Ntra. Sra. del Pilar, dirigido por las Misioneras Hijas del Calvario. Un colegio que, por su ubicación en el barrio árabe, cuenta entre sus alumnos con una enorme proporción de musulmanes, en su mayoría niñas. Un colegio presidido en su patio de recreo por la imagen de la Virgen del Pilar que se muestra en la foto. Un colegio con escasos medios económicos en una zona deprimida que ofrece una oportunidad de promoción a sus vecinos y con el que tantas veces colaboraba José Laín buscando recursos entre sus amigos, conocidos, peregrinos y todo tipo de instituciones. En nuestra visita al centro las religiosas se quejaban airadamente contra el estado español que, por una coyuntura de compromiso internacional había puesto en marcha la obra, pero que después, con el paso del tiempo, se había olvidado por completo de su mantenimiento.

¿Cómo se explica esta conjunción de culturas y religiones diversas?¿Este modelo es una excepción que se justifica desde una perspectiva particular y, por tanto, no sería  transferible a otras latitudes? O, por el contrario, ¿hay algo de verdadero en todo esto que apunta en la dirección de lo que las religiones pueden y deben aportar a la necesaria interculturalidad de las sociedades modernas? No sabría exactamente cómo responder. Pero me inclino más bien por la segunda posibilidad.

La Iglesia Católica lo tiene claro. El documento vaticano de la Congregación para la Educación Católica de 2013 Educar en el diálogo intercultural en la escuela católica no deja lugar a dudas. Cuando el papa Francisco, por ejemplo, habla de que la escuela se convierte en espacio de diálogo y de serena confrontación, para promover actitudes de respeto, escucha, amistad y espíritu de colaboración, se está refiriendo a un centro escolar de Albania, que «después de largos años de represión de las instituciones religiosas, desde 1994 ha retomado su actividad, acogiendo y educando a jóvenes católicos, ortodoxos, musulmanes y también algunos alumnos nacidos en contextos familiares agnósticos».

Y  es que, como dice el proverbio latino, «contra facta non sunt argumenta», que se podría traducir, más o menos: frente a los hechos, no hay argumentos que valgan.

Entiendo que para una mente progresista estos hechos tengan difícil explicación. Escapan a su estrecha comprensión los valores humanos y sociales que las religiones pueden aportar a la convivencia y terminan abogando simple y llanamente por la expulsión de toda religión del espacio público: «La Religión en casa y en la Parroquia, así como el judaísmo en la Sinagoga y el Coran en las Mezquitas», se ha vuelto a repetir en redes estos últimos días. Es lamentable que en nuestra sociedad española pese más el prejuicio crítico con el pasado que la oportunidad que ofrece para la construcción de una sociedad en paz el diálogo interreligioso. Es tanto como desconocer cuáles son las cuestiones fundamentales que rigen la vida de las personas en un intento por construir una pretendida interculturalidad al margen de la cuestión religiosa.

Muchos son los que estos días, comenzando por la Sra. Consejera de Educación, han dado un bote de alegría por la no admisión del recurso de los obispos aragoneses y de los profesores de religión y han celebrado con evidentes muestras de satisfacción la reducción de 90 a 45 minutos de la asignatura de religión en Infantil y Primara. Es más, otros muchos, aprovechando la coyuntura, se han lanzado a pedir directamente su desaparición del espacio público escolar. Y entonces ¿Con qué fundamento se podrá abordar la cuestión religiosa en España cuando, al tradicional y proverbial anticlericalismo patrio y al laicismo iconoclasta e irreverente que toca por moda seguir en el presente, tendremos aque añadir en el futuro una supina ignorancia sobre el hecho religioso? ¿De verdad que con estas bases vamos a construir la interculturalidad?

Yo que ellos no estaría tan contento


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