El 12 de enero de 1982, de esto hace ya casi cuarenta años, se constituía la Asamblea permanente del Clero aragonés en un abarrotado salón de actos del Seminario Metropolitano de Zaragoza. La indignación entre los aragoneses era grande y estaba en plena efervescencia, desde que unos meses antes la Santa Sede había impuesto un «dilata» a la cuestión de la reestructuración de los límites diocesanos que, por aquellas fechas, significaba que gran parte del territorio oriental de la provincia de Huesca siguiera perteneciendo a la diócesis de Lérida. Ante la prudencia episcopal, fue el clero de Aragón el que se puso a la cabeza de una doble reivindicación: la de los límites y la del nombramiento de obispos aragoneses para las diócesis aragonesas, invocando como motivo el ejemplo de lo que ocurría tanto en las diócesis vascas como catalanas.
Cuál no sería la decepción de los allí presentes, cuando ese mismo día, en medio de la reunión, a las 12 de la mañana se hizo público el nombramiento de D. Ramón Bua Otero, un pontevedrés de Isla de Arosa, como obispo electo de la diócesis de Tarazona. Un tremendo jarro de agua fría para las legítimas aspiraciones de nuestras iglesias locales.
Con el tiempo, el episcopado de las diócesis aragonesas se fue ocupando de reconvertir aquellas asambleas anuales en jornadas de formación y confraternización del clero. Ni qué decir tiene que la estrategia fue dando sus frutos y finalmente se consiguió, no sólo rebajar el tono reivindicativo de los primeros años, sino que dichas jornadas desaparecieran definitivamente del calendario. Una verdadera lástima si tenemos en cuenta lo que los encuentros representaban para la unidad y la identidad del clero aragonés.
La cuestión de los límites entró en vías de solución el 17 de septiembre de 1995 con la constitución de la diócesis Barbastro-Monzón en una histórica ceremonia en la colegiata de Santa María del Romeral de Monzón, aunque las parroquias de los arciprestazgos de la Litera y del Bajo Cinca de la diócesis de Lérida pasaran a la nueva diócesis de Barbastro-Monzón tres años más tarde (15-VI-1998) , y aún esté abierto con la de Lérida el litigio por los bienes de las parroquias.
En lo relativo al nombramiento de obispos aragoneses, los nuevos tiempos también nos están deparando buenas noticias a poco que observemos el mapa. Una tendencia que se consolida ahora con el nombramiento del arzobispo de Zaragoza, pues si raro era encontrar aragoneses en las sufragáneas, mucho más en la cesaraugustana. Parece ser que el paso del tiempo ha cambiado las tornas. Y si antes, se nos argumentaba que no había entre los nuestros sacerdotes de valía o que quisieran dar el paso, en la actualidad no podemos decir lo mismo. Desconozco el dato de cuál es el último obispo aragonés que ocupó la sede de san Valero y san Braulio, pero debe hacer mucho tiempo. De ahí la alegría por el nombramiento de Carlos Escribano.
Más allá de la anécdota, qué duda cabe que el obispo diocesano se ha de identificar con aquellos a quienes ha sido enviado y que para ello es de vital importancia el conocimiento connatural de las propias raíces. Lo cual, ni supone la descalificación del que viene de fuera, ni garantiza que el de dentro logre esa identificación por el mero hecho de haber nacido-crecido entre nosotros. En ese sentido, tal vez la reivindicación del clero de Aragón en los ochenta estaba excesivamente idealizada. Hoy en día este tema en concreto se acepta de forma pacífica y no constituye ningún problema. Se vive de otra manera.
Pero, aun así, no ya solo por nosotros, sino especialmente por todos los presentes en aquella asamblea de 12 de enero de 1982, en especial por los que ya nos han precedido en el paso al encuentro definitivo con Dios, en su memoria, y con enorme gratitud a su esforzada generosidad, me gustaría contribuir a la recuperación de nuestra memoria colectiva y manifestar en voz alta lo importante que es hoy para nosotros tener, por fin, en Zaragoza un obispo aragonés. En parte, se lo debemos a ellos.
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