educación, ciudadanía e iglesia

Una mirada crítica y esperanzada sobre la educación y la Iglesia, desde el ejercicio de una ciudadanía responsable

  • Nuestro reconocimiento a la escuela pública

    A diferencia de lo que sucede en ciertos ambientes de la escuela pública, en la privada concertada reconocemos el insustituible papel que la escuela de titularidad estatal juega en la educación española y valoramos mucho el trabajo y saber hacer de los profesionales que trabajan en ella con una enorme vocación docente y de servicio. Su inequívoca orientación a la integración social, su proyección y compromiso en el mundo rural y su irrenunciable objetivo educativo de formar ciudadanos que den respuesta a los desafíos de los tiempos nuevos me parecen indiscutibles y dignos de todo elogio. Y lo dice alguien que debe su educación primera a un Colegio Nacional, que es como se llamaban antes; y, además, de pueblo: el Colegio Fernando el Católico, al que sigo con interés en las redes sociales.

    Por eso supuso para mi una satisfacción asistir ayer tarde a la celebración del 50 Aniversario del Colegio Marcos Frechín en el barrio de las Fuentes, invitado amablemente por Belén Erlés, su directora. Por eso, y porque es el colegio en el que estudiaron y crecieron mis sobrinos y donde se comprometieron y trabajaron como padres mi hermana y mi cuñado. Felices de compartir con el centro este momento, acompañado como estuve por José Carlos, el director de nuestra Formación Profesional.

    La única cosa negativa es que no hubiera ninguna representación del Departamento de Educación, deconozco por qué razones, hasta el punto que los sitios reservados permanecieron vacíos durante todo el tiempo que duró el acto. No entiendo una defensa gubernamental a ultranza de la escuela pública que luego no se concreta en un compartir la vida con aquellos que realmente son los protagonistas de la educación. Un cierto sentimiento de desamparo.

    Pero, al mismo tiempo, dos gratos descubrimentos. El primero, la figura del maestro Marcos Frechín Barbanoj, nacido en Angüés a finales del XIX, fallecido a los 74 años el 14 de mayo de 1968. Una gran figura de la educación aragonesa, trabajador incansable que vivió por y para la enseñanza, hombre profundamente religioso. Sin duda un ejemplo para todos.

    Segundo descubrimiento, que tal como nos contó la directora, la noticia de la puesta en marcha del Colegio está recogida en la publicación nº 216 de 15/02/1970 de la Parroquia de Cristo Rey. Un texto que no me resisto a reproducir en estas líneas por su valor histórico y por su significado comunitario y hasta eclesial:

     “Desde el pasado día 10 de noviembre (10/11/1969) comenzó a funcionar el nuevo Colegio Nacional “Marcos Frechín”, dotado de ocho grados de niños, otros tantos de niñas y cuatro para los párvulos. Dispone de amplio patio de recreo, cercado todo él con verja de hierro y en un ángulo la casa del conserje. Cerca de seiscientos niños en edad escolar cursan sus estudios primarios y cuentan con material pedagógico moderno y profesorado joven que realiza una activa labor educativa, que está dando ya óptimos frutos.

    Actualmente se está organizando y equipando con material audiovisual, biblioteca y televisión escolar y montaje de comedor escolar, que funcionará cuando esté dotado de los medios que le hacen falta. Una calefacción con caldera de gas-oil lleva el calor a todas las clases de los niños y dependencias escolares.

    España, que está viviendo momentos decisivos en su desarrollo educativo este Año Internacional de la Educación cuenta en la calle del Dr. Iranzo con un nuevo Colegio Nacional, fiel reflejo de esta renovación escolar. Las familias y la escuela pueden y deben actuar en estrecha colaboración para que las enseñanzas que reciben los niños sean provechosas.”

    Nuestra más cordial felicitación al Colegio Marcos Frechín por la celebración del 50 Aniversario de su puesta en marcha y, como no puede ser de otra manera, nuestro reconocimiento a la escuela pública.

  • Me falta una página

    Me falta una página

    Con ocasión de la celebración del Día de la Iglesia Diocesana son varios los obispos que han ofrecido una rueda de prensa para explicar a la opinión pública las actividades que la Iglesia realiza y el resultado económico del último ejercicio (2018). De entre ellos, cabe destacar las explicaciones de los obispos de Huesca, de Tarazona y de Barbastro-Monzón por su proximidad regional y la del de Ávila por el énfasis que pone en la actividad educativa como «el gran grueso» de la actividad de la diócesis.

    En la nuestra, la de Zaragoza, también se ha celebrado una rueda de prensa esta misma mañana en la que han comparecido el Ecónomo Diocesano y el Vicario General. No podía ser de otra forma. Pero lo que me ha llamado la atención es que en el folleto preparado para la Diócesis que se ha repartido en las parroquias para dar a conocer en cifras lo que la Iglesia hace haya desaparecido el apartado de la actividad educativa. Y es extraño, cuando menos, porque según la Guía Diocesana de la Pastoral Educativa de la Archidiócesis de Zaragoza editada por la Delegación de Enseñanza hace unos cinco años, el número de colegios católicos llegaba a los 64, de los cuales 11 rurales. ¿De cuantos alumnos, familias, docentes, personal de servicios estamos hablando? ¿De 40.000 alumnos? En el folleto de la de Tarazona el dato es exacto: 4 colegios, 1.148 alumnos, 41 trabajadores y 144 docentes. En la noticia de la Diócesis de Ávila: 12 colegios, 8.000 alumnos y alrededor de 1.000 trabajadores. También han ofrecido datos la de Huesca y la de Barbastro-Monzón ¿Y en la nuestra? No lo sabemos. ¿Cómo interpretar esta omisión? ¿Tal vez se considera en nuestra Diócesis que esta información es irrelevante para dar a conocer a la comunidad cristiana y a la sociedad en general el servicio que la Iglesia presta a la sociedad?

    Desde el punto de vista social la actividad educativa de la Iglesia interesa mucho al bien común. Así lo sienten los obispos de la Conferencia Episcopal Española cuando en el año 2007 promulgan un espléndido documento cuyo título define muy bien compromiso de la Iglesia con la educación: La escuela católica. Oferta de la Iglesia en España para la educación en el siglo XXI. Por cierto, ¿que recepción ha tenido este documento entre el clero y entre los propios religiosos?

    Pero es que, además, el interés que la Iglesia tiene por la escuela católica no se reduce a su carácter social sino que se extiende por su propia naturaleza a su carácter pastoral y a su misión evangelizadora. Esto y no otra cosa es lo que pone de manifiesto la doctrina conciliar la Declaración Gravissimum educationis sobre la educación cristiana, y bajo su influjo su concreción jurídica en el Código de Derecho Canónico, al definir y regular qué es la escuela católica.

    La organización Escuelas Católicas acaba de publicar un documento que lleva por título Escuela evangelizadora. Una propuesta para encarnar el Evangelio en los centros educativos. En nuestros centros, la conciencia de esta dimensión evangelizadora es cada vez mayor. El enfoque y contenido de esta aportación constituye un claro síntoma de hacia dónde queremos orientar nuestros objetivos. Pero, ¿ocurre lo mismo en la conciencia de la comunidad cristiana?, ¿cómo percibe la Diócesis y sus diocesanos en general la relevancia de la actividad educativa de la Iglesia?: ¿como católica o simplemente como concertada? ¿como verdaderamente diocesana o como misión específica y particular de las congregaciones religiosas? ¿como misión eclesial de primer orden y, por tanto, imprescindible para la evangelización o como una actividad más bien tangencial y, por tanto prescindible, para realizar lo que hoy en día es más propio de la Iglesia?

    Sin duda alguna las directrices oficiales son inequívocas. Recojo algunos hitos significativos:

    • El planteamiento expreso de la cuestión en el Plan Diocesano de Pastoral del año 2000, donde se afirma que «la Iglesia está hoy en la escuela en estado de misión».
    • En el Plan Diocesano de Pastoral 2012-2015 donde se propone como objetivo operativo la «preparación y formación de laicos, religiosos y sacerdotes que se dediquen a la acción educativa como una verdadera y propia misión eclesial».
    • En el 2015-2020, donde se habla del «refuerzo del compromiso de las instituciones eclesiales con la sociedad civil: educación, sanidad, servicios sociales, educación en el tiempo libre, medios de comunicación…».
    • La doctrina del Arzobispo D. Vicente, que habla claramente de la misión evangelizadora de la escuela católica en general y de los colegios diocesanos en particular (XXI Encuentro de Colegios Diocesanos, año 2015).
    • Su dedicida defensa de la libertad de elección de centro y de la escuela católica en una nota de prensa con motivo de la crisis provocada por la no renovación del concierto educativo en distintos colegios concertados en 2017.
    • La reciente remodelación de la composición del Consejo Diocesano de Pastoral que incluye como novedad la inclusión de una representación de Escuelas Católicas, para que en los diferentes acciones pastorales diocesanas no falte su aportación y compromiso.

    Si no somos capaces de transmitir adecuadamente y de educar a la comunidad cristiana en esta misión educativa estaremos desaprovechando uno de los principales activos de la Iglesia de hoy en el cumplimiento de su misión en el mundo. Y lo digo, no como parte interesada, como si por ser el director de un colegio católico necesitara de una publicidad con la que llenar nuestras aulas. Gracias a Dios las familias aprecian nuestro trabajo y nos siguen eligiendo para la confiarnos la educación de sus hijos. No, lo digo como miembro de la Iglesia Diocesana que siente como se minusvalora a la escuela católica en su dimensión pastoral, se insiste una y otra vez en que la Diócesis es la parroquia, no se destinan los recursos humanos y materiales que la tarea requiere, no se comprende la educación como terreno de misión donde los laicos y los religiosos ejercen su protagonismo y, en definitiva, no se reconoce a la escuela católica como verdadero sujeto eclesial. Queda mucho por hacer para que la comunidad cristiana de Zaragoza sienta la escuela católica como propia y le otorgue la prioridad que hoy demandan los signos de los tiempos.

    Por eso, simplemente por eso, me parece profundamente injusto y desacertado que se haya omitido en el folleto de la Diócesis de Zaragoza la información sobre la actividad educativa de la Iglesia. Vamos, lo que decía al principio, que «me falta una página»

  • Mensajes que pasan desapercibidos

    Es costumbre arraigada que los presidentes de las comunidades autónomas en España difundan mensajes institucionales a comienzo de año, como una especie de réplica regional menor al discurso del rey en la nochebuena. En el caso de Aragón, nuestro presidente de gobierno, en este comienzo de año 2019 y refiriéndose a la educación, habló claramente de la gratuidad del primer ciclo de educación infantil.

    Por lo que pude comprobar, el anuncio no tuvo la más mínima repercusión en los medios, como si se tratara de algo ya conseguido a lo que no se le da más mínima importancia. Vamos, que el mensaje pasó un tanto desapercibido. Como si quedara perdido en medio de otros mensajes seguramente más llamativos. Algo que en sí mismo no me tranquilizó demasiado, porque cuando uno escucha estas cosas enseguida deduce que ésta va a ser una línea estratégica de actuación de la administración pública en los próximos años: promover la gratuidad del primer ciclo de educación infantil para favorecer una efectiva escolarización temprana y aliviar al mismo tiempo la organización familiar sin que al contribuyente esto le suponga ningún esfuerzo económico. Y me diréis: ¿y ésto qué tiene de malo?

    Dos cosas. La primera, que se trata de una competencia desleal: el Estado contra la iniciativa privada. La segunda, que es ésta una manera encubierta de reflotar centros públicos inviables y de mantener al mismo tiempo a la escuela concertada a raya para que no pueda ofrecer a sus adeptos esa misma ventaja.

    Curiosamente son estos dos extremos los que se acaban de poner de manifiesto en el anuncio de la DGA de ayer mismo por el que serán ya más de 20 centros públicos en Aragón los que dispondrán el próximo curso un aula de escolarización anticipada dirigida a niños de dos años. Ninguna duda del éxito de la medida si por éxito se entiende la satisfacción de los padres beneficiarios que, por cierto, según ha puesto de manifiesto de forma crítica el grupo Podemos, no son familias necesitadas sino parejas en las que trabajan los dos progenitores. Más dudas me crea el de la satisfacción de la comunidad educativa, bien entendido que comunidad educativa no es sólo la de la escuela pública. Finalmente no creo que constituya un éxito el que un 60% de ese aula de escolarización anticipada se quede en el centro para cursar 2º ciclo de Infantil. Primero porque, en ese caso, hay que leer que un 40% se han aprovechado de la medida pero que su centro elegido en la escolarización ordinaria es otro. Segundo porque seguro que ese dato estadístico no es el mismo en todas las zonas. Me gustaría saber en concreto qué porcentaje de alumnos de dos años se quedan luego con tres en el colegio Marcos Frechín del barrio de Las Fuentes.

    Está claro que el verdadero éxito es el de la Administración en su apuesta por la escuela pública. Pues sean muchos o pocos los alumnos que se queden, siempre servirán para maquillar las cifras de escolarización de algunos centros y para introducir en los mismos alumnos normalizados, como dicen ellos. Esta es la razón por la que han debido pensar que por si fuera poco un aula de escolarización anticipada en el barrio, el curso próximo tendremos otra en el Julián Sanz Ibáñez. ¡Dos aulas de las 20 de todo Aragón!

    He de reconocer que nos sentimos halagados. Nunca nadie nos tuvo en tan alta estima como para que la Administración recurra a estas argucias en nuestra contra. Bueno, sí, hay precedente: la creación en los años ochenta y noventa de 4 colegios públicos y dos institutos alrededor para contrarestar el influjo del Silos. Ahora sobran la mitad de las plazas escolares. ¿No sería entonces otra la política pública que habría que aplicar en casos como el de nuestro barrio de Las Fuentes? ¿Por qué despilfarrar dinero público para conseguir un éxito dudoso y un perjuicio evidente a las guarderías y escuelas infantiles privadas, donde el ciudadano se juega su propio dinero, e incluso a las mismas del Ayuntamiento y de la DGA? Estoy seguro que se pueden hacer las cosas de otra manera, como también lo estoy de que ésta Administración está radicalmente incapacitada para entenderlo.

    Mira por dónde a veces los mensajes que pasan desapercibidos acaban teniendo su desarrollo en políticas que son del todo públicas y notorias. Al final, como en un puzle, todas las piezas encajan.

  • Menos que Pichorras en Pastriz

    La propuesta que se baraja estos días por parte del Ministerio de Educación de introducir la figura del representante del ayuntamiento en el consejo escolar de los centros educativos ni es nueva ni debe ser analizada como una medida aislada. La anterior ley de educación, la LOE (2006) ya la contemplaba y llegó a tener vigencia hasta que la LOMCE (2013) la suprimiera. En nuestro caso, tengo que reconocer que la experiencia no fue ni buena ni mala. Digamos que se cubrió el expediente. Pero esa no es la cuestión.

    Lo realmente sustancial es el carácter de esta figura y lo que denota. Se trata de una ingerencia gratuita e inaceptable del Estado en el ámbito escolar, con independencia de que el centro sea público o privado. Pues, aun en el caso de los públicos en los que la municipalidad sea la encargada de su mantenimiento, ¿qué pinta un representante del ayuntamiento en la programación, seguimiento y evaluación de la acción educativa? Con mas razón aún en un colegio privado, en el que las instalaciones son privadas, ¿qué papel cabe atribuir al munícipe de turno sobre la gestión y las decisiones que le corresponen por responsabilidad propia, y en razón el principio de libertad de enseñanza consagrado en la Contitución Española, al titular del colegio?

    La sentencia del Tribunal Constitucional 77/1985 no deja lugar a dudas en este punto: “El derecho de dirección implica el derecho a garantizar el carácter propio y asumir en última instancia la responsabilidad de la gestión”. Que esa responsabilidad indelegable de la Entidad Titular se ejerza, como no puede ser de otro modo, con la participación del Consejo Escolar, en el intento pedagógico de una implicación creciente de toda la comunidad educativa, es perfectamente legítimo y hasta necesario. Pero que, bajo el pretexto de la participación, lo que se pretenda simple y llanamente sea la limitación del derecho y la responsabilidad del titular de dirigir el centro, no deja de ser un elemento más de control por parte del Estado, un ataque a la libertad de enseñanza y la manifestación de una supina desconfianza en la sociedad civil. Y más cuando de lo que el Estado recela es del derecho de los centros a establecer un carácter propio que garantice el no menor derecho de los padres a escoger para sus hijos la formación religiosa y moral acorde con sus propias convicciones.

    Y como quiera que estos argumentos que acabo de exponer les pueden resultar a algunos muy manidos e injustificados, y para no entrar, por mi parte, en el terreno resbaladizo de tachar de totalitarios algunos de los sesgos que nuestros gobernantes de vez en cuando exhiben, lo diré mal y pronto, para que se me entienda: Un representante del ayuntamiento en un consejo escolar pinta menos que Pichorras en Pastriz.

    He dicho.

     

  • Dice César Bona

    Dice César Bona

    Dice César Bona que «el papeleo nos quita muchísimo tiempo que podríamos emplear en cosas más útiles». Entrevista publicada en la edición digital el Heraldo de Aragón en una noticia actualizada el 20 de noviembre de 2018.

    Totalmente de acuerdo, porque la vida social en general, y por eso mismo también la educación, se nos ha burocratizado en exceso. En la escuela todos echamos de menos tener más tiempo de calidad con nuestros alumnos.

    En ocasiones, sin embargo, este mantra puede ser la justificación perfecta de los que no admiten ningún tipo de control en su trabajo y prefieren ir por libre porque, por mucho cooperativo que pongan en práctica con sus alumnos, lo del trabajo en equipo y en un marco necesariamente institucional no va con ellos. Es la coartada de los francotiradores.

    Pero no nos engañemos, el exponencial incremento de la burocracia en nuestros centros en los últimos años tiene mucho que ver con la desmedida voracidad de la Administración por controlar hasta el más mínimo detalle de la organización escolar: currículos, horarios, percepciones por servicios, estadísticas, informes, datos económicos, responsables …, podríamos seguir hasta el infinito. Esto es lo que realmente complica la vida de los docentes y de todos los que trabajamos en educación.

    Es verdad que la Adminsitración tiene un papel y una responsabilidad de primer orden sobre el funcionamiento del sistema, pero no es de recibo el exceso de centralización sobre asuntos de carácter escolar, tales como, por ejemplo, la determinación de los alumnos con necesidades educativas especiales o el protocolo con alumnos que sufren acoso escolar, por poner solo algún ejemplo ¿Se duda acaso de la profesionalidad y responsabilidad propia de los centros?

    Ya entiendo que socialmente a las administraciones se les exija una respuesta eficaz, políticamente verificable, ante determinados temas y que éstas, en su máxima de no defraudar al electorado, se apresuren a ponerse al frente de las operaciones, relegando a un papel secundario a los verdaderos protagonistas de la educación. Pero, ¿es que nadie conoce lo que significa el principio de subsidariedad?

    El nivel de intervención de nuestros centros es insoportable. Lo que genera una burocracia creciente que consume el tiempo y la paciencia de docentes y personal de administración de nuestros centros. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que trabajamos para ellos, cada día más y, por supuesto, con los mismos recursos.

    Claro que el papeleo nos quita muchísimo tiempo, D. César Bona, pero busque las causas en ese mismo Departamento de Educación para el que trabaja y en su insaciable voluntad de control.

  • ¿Interculturalidad al margen de la religión?

    La semana pasada fallecía en Zaragoza el sacerdote diocesano José Laín que, después de un dilatado servicio ministerial en varias parroquias, y ya más en sus años de jubilación, acompañó como guía a numerosos grupos de peregrinos en Tierra Santa.

    En mi primer viaje a Israel me sorprendió enormemente la obra que mantienen los Franciscanos en Jericó, territorio palestino. Una parroquia y un colegio católico en el que el 99% de sus alumnos eran por entonces palestinos musulmanes. Supongo que el panorama, años después, seguirá siendo el mismo.

    Una situación  parecida a la que en el año 2013, esta vez formando parte de un grupo de profesores, familias y amigos del Colegio Santo Domingo de Silos, nos encontramos en pleno centro de Jerusalén en otro colegio católico, promovido por la cooperación española a mediados del siglo pasado: el Colegio Español Ntra. Sra. del Pilar, dirigido por las Misioneras Hijas del Calvario. Un colegio que, por su ubicación en el barrio árabe, cuenta entre sus alumnos con una enorme proporción de musulmanes, en su mayoría niñas. Un colegio presidido en su patio de recreo por la imagen de la Virgen del Pilar que se muestra en la foto. Un colegio con escasos medios económicos en una zona deprimida que ofrece una oportunidad de promoción a sus vecinos y con el que tantas veces colaboraba José Laín buscando recursos entre sus amigos, conocidos, peregrinos y todo tipo de instituciones. En nuestra visita al centro las religiosas se quejaban airadamente contra el estado español que, por una coyuntura de compromiso internacional había puesto en marcha la obra, pero que después, con el paso del tiempo, se había olvidado por completo de su mantenimiento.

    ¿Cómo se explica esta conjunción de culturas y religiones diversas?¿Este modelo es una excepción que se justifica desde una perspectiva particular y, por tanto, no sería  transferible a otras latitudes? O, por el contrario, ¿hay algo de verdadero en todo esto que apunta en la dirección de lo que las religiones pueden y deben aportar a la necesaria interculturalidad de las sociedades modernas? No sabría exactamente cómo responder. Pero me inclino más bien por la segunda posibilidad.

    La Iglesia Católica lo tiene claro. El documento vaticano de la Congregación para la Educación Católica de 2013 Educar en el diálogo intercultural en la escuela católica no deja lugar a dudas. Cuando el papa Francisco, por ejemplo, habla de que la escuela se convierte en espacio de diálogo y de serena confrontación, para promover actitudes de respeto, escucha, amistad y espíritu de colaboración, se está refiriendo a un centro escolar de Albania, que «después de largos años de represión de las instituciones religiosas, desde 1994 ha retomado su actividad, acogiendo y educando a jóvenes católicos, ortodoxos, musulmanes y también algunos alumnos nacidos en contextos familiares agnósticos».

    Y  es que, como dice el proverbio latino, «contra facta non sunt argumenta», que se podría traducir, más o menos: frente a los hechos, no hay argumentos que valgan.

    Entiendo que para una mente progresista estos hechos tengan difícil explicación. Escapan a su estrecha comprensión los valores humanos y sociales que las religiones pueden aportar a la convivencia y terminan abogando simple y llanamente por la expulsión de toda religión del espacio público: «La Religión en casa y en la Parroquia, así como el judaísmo en la Sinagoga y el Coran en las Mezquitas», se ha vuelto a repetir en redes estos últimos días. Es lamentable que en nuestra sociedad española pese más el prejuicio crítico con el pasado que la oportunidad que ofrece para la construcción de una sociedad en paz el diálogo interreligioso. Es tanto como desconocer cuáles son las cuestiones fundamentales que rigen la vida de las personas en un intento por construir una pretendida interculturalidad al margen de la cuestión religiosa.

    Muchos son los que estos días, comenzando por la Sra. Consejera de Educación, han dado un bote de alegría por la no admisión del recurso de los obispos aragoneses y de los profesores de religión y han celebrado con evidentes muestras de satisfacción la reducción de 90 a 45 minutos de la asignatura de religión en Infantil y Primara. Es más, otros muchos, aprovechando la coyuntura, se han lanzado a pedir directamente su desaparición del espacio público escolar. Y entonces ¿Con qué fundamento se podrá abordar la cuestión religiosa en España cuando, al tradicional y proverbial anticlericalismo patrio y al laicismo iconoclasta e irreverente que toca por moda seguir en el presente, tendremos aque añadir en el futuro una supina ignorancia sobre el hecho religioso? ¿De verdad que con estas bases vamos a construir la interculturalidad?

    Yo que ellos no estaría tan contento

  • La Iglesia que mira con aprecio a los musulmanes

    Guardo en la retina desde el jueves la imagen de una madre musulmana con su hijo pequeño de la mano camino del colegio. Me refiero al de mi barrio, el Cándido Domingo. Imagen que se repite cada día cuando, del Arrabal profundo, familias enteras emergen  por las calles Horno, Jorge Ibort o Villacampa hacia Sobrarbe para comenzar las rutinarias tareas escolares.

    Me impresiona mucho la figura de esa mujer joven, vestida a la manera tradicional con su velo perfectamente colocado, su caminar pausado, elegante, con la dignidad de quien es plenamente consciente de la trascendencia de ese hecho tan cotidiano y al mismo tiempo tan extraordinario que consiste en llevar a su hijo de la mano al colegio. Reconozco que se trata de una estampa que me conmueve profundamente, porque es para mi toda una parábola cargada de significado.

    Me viene entonces a la mente la sabiduría de la doctrina conciliar de la Declaración Nostra aetate, cuando habla del aprecio con el que la Iglesia mira a los musulmanes que adoran al único Dios, veneran a Jesús como profeta, honran a María, su madre virginal y a veces también la invocan devotamente. Es más, que si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres (NA 3).

    Llegados a este punto, recuerdo también la viva impresión que dejó en mi un comentario, hace ya casi 20 años, de mi profesor de Salamanca, Olegario González de Cardedal, cuando en la obra La Iglesia en España 1950-2000, se preguntaba  por lo que la Iglesia podía ofrecer a la sociedad española de cara al futuro próximo. Y se hacía la siguiente pregunta a modo de ejemplo: «¿cuántos cristianos, sacerdotes y seglares, están aprendiendo ya árabe y cuántas escuelas está poniendo en marcha la Iglesia, para entrar en comunicación y diálogo con los cinco millones de musulmanes que para dentro de muy pocos años vivirán en el cinturón de Madrid y Barcelona?» (pág. 412).

    Por eso, no dejo de alegrarme, y cada día más, por las numerosas familias musulmanas que eligen nuestro colegio como su colegio. Más desde que un gobierno conservador universalizara el derecho a disfrutar una beca de comedor a los que por nivel de renta tenían verdadera necesidad de las mismas, aunque estudiasen en un colegio concertado. Y me alegro de ver también por los pasillos de Santo Domingo de Silos la misma imagen que en las calles de mi barrio. Porque es aquí donde se caen todos los prejuicios y restricciones mentales de nuestros agnósticos dirigentes que tratan por todos los medios de dogmatizar categóricamente que un musulmán no debe solicitar un colegio católico. ¡Tan insensibles como de costumbre para comprender la grandeza, arraigo y profundidad del hecho religioso!

    Y porque, en sentido contrario, es en centros como el nuestro desde donde se cuestiona de raíz el prejuicio de cierto fundamentalismo católico que reniega del principio del diálogo interreligioso, apartándose de este modo del sentir de la propia Iglesia ¡Tan insensibles como de costumbre para comprender la acción del Espíritu Santo fuera de los límites visibles de la misma!

    Pues aquí demostramos día a día que esto es posible, deseable y fructífero. Porque ¿cómo, si no, vamos a fomentar el diálogo y la colaboración con las otras religiones?¿Cómo hacer efectiva la exhortación que el Concilio Vaticano II, es decir, la Iglesia oficial, hace a los cristianos para que reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que existen en las demás religiones? Nuestros centros católicos son un excelente punto de encuentro para el diálogo entre religiones, para la interculturalidad, para crear fraternidad y promover el mutuo aprecio y reconocimiento. Y no a pesar de ser católicos, sino precisamente por serlo.

    El pasado jueves, decía al principio. El  mismo día en el que, tras el primer CafEscucha en el Colegio, mi mirada se fijó rápidamente en una de las fotos que el responsable de comunicación había subido al Facebook, la foto de un colegio de Iglesia que mira con aprecio a los musulmanes.

  • Magistral lección de historia

    Magistral lección de historia la que acaba de impartir D. Isidoro Miguel García en el marco del acto de apertura de curso del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón, más conocido como CRETA: La Diócesis de Zaragoza: de la restauración eclesiástica (1118) a sede metropolitana (1318).

    Seguro que a muchos les ha pasado totalmente desapercibido el septimo centenario de la elevación del obispado de Zaragoza, hasta entonces dependiente de la archidiócesis de Tarragona, al rango de sede metropolitana (18 de julio de 1318). Y no porque no haya habido iniciativas por parte de la Archidiócesis, sino por el poco eco que tienen en nuestra sociedad zaragozana y aragonesa en general acontecimientos que directamente se menosprecian por tener un sesgo religioso.

    Ejemplo palmario de lo que digo es el poco entusiasmo que despierta en los medios culturales zaragozanos el Alma Mater Museum. Un museo ubicado en el que fuera palacio residencia de los reyes de Aragón.

    Otro ejemplo: todavía recuerdo con perplejidad el nulo entusiasmo que suscitó en 2004 en la ciudad de Zaragoza la conmemoración del 200 aniversario de la fundación de las Anas, una de las congregaciones femeninas más numerosas de la Iglesia católica, con presencia en todas las partes del mundo y nacidas a los pies de la Virgen del Pilar.

    El pensamiento dominante tiende a relegar la religión al terreno de la irrelevancia social. Algo bien sorprendente, por cierto, cuando lo que precisamente nos enseña nuestra historia es la estrecha imbricación de la fe cristiana con la construcción de la cultura occidental. No hay más que adentrarse en la obra de Isidoro para darse cuenta desde el principio de los contornos de esa inculturación de la fe en nuestra ciudad, en el periodo que va del siglo XII al XIV, para lo bueno y para lo malo: Reino de Aragón-Corona de Aragón, fueros, amplios territorios bajo la dinastía de reyes aragoneses. ¿O acaso no es eso de lo que presumimos frente a las pretensiones identitarias de los independentistas catalanes?

    Y si en este caso la cultura aragonesa paga con consigna de silencio, más sorprendente es todavía la prevención con la que se aborda la otra gran fecha de la historia de la ciudad: la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador el 18 de diciembre de 1118. Imagino los esfuerzos que los organizadores de los actos para conmemorar tal efemérides deben estar haciendo para no pronunciar la palabra «conquista» y para recrear unos acontecimientos que causan incomodidad en los que anteponen la querencia de lo políticamente correcto y desisten de trabajar con rigor en el esclarecimiento de lo que aquello pudo ser y significar. En todo caso, poca repercusión mediática de uno de los acontecimientos más decisivos para la historia de Zaragoza y de Aragón de todos los tiempos.

    Y como quiera que, según he creído entender, se ha prescindido en la preparación de la conmemoración de la competente aportación de los historiadores de la Iglesia, mucho más oportuno me parece este detallado estudio de la historia de Zaragoza que nos presenta nuestro colega Isidoro haciendo gala de rigor científico y al mismo tiempo de una compasiva mirada misericordiosa que dice mucho de su madurez humana y de su talla cristiana: «Estudiar la historia de la Iglesia es descubrir la acción del Espíritu Santo en medio de las miserias de los hombres. Una historia de luces y sombras».

    Altura de miras de la que hoy ya no se estila y, por eso mismo, obra imprescindible para una conmemoración histórica lejos del aburrimiento de insulsos protocolos oficiales en los que los políticos, como de costumbre, pronunciarán convencionales discursos para la galería no exentos de intencionalidad política, que es a donde al final nos quieren llevar a todos.

    Isidoro, amigo, magistral lección de historia.

  • Ciudadanos de segunda

    Ciudadanos de segunda

    El aula 313 de Primaria se llenaba la semana pasada con los padres de los alumnos seleccionados para participar en un programa de refuerzo y orientación en el aprendizaje que lleva por nombre AUNA. Un programa oficial del Departamento de Educación del Gobierno de Aragón en el que por vez primera van a poder participar 15 alumnos de nuestro centro entre 4º y 6º de Primaria. Noticia que celebramos por todo lo alto y de la que nos alegramos profundamente.

    Ni qué decir tiene lo decisivo que resulta para un centro escolar como el nuestro el contar con los recursos necesarios para atender como se merecen y tienen derecho los alumnos más desfavorecidos. El objetivo del programa es trabajar con alumnos que presentan desfase curricular en las áreas troncales y requieren acompañamiento y mejora de hábitos de trabajo.

    La puesta en marcha de esta iniciativa ha sido posible tras la resolución de 4 de octubre de 2018 firmada por el Director General de Innovación, Equidad y Participación, que así se llama esta dirección general, por la que se nos autoriza a iniciar el programa en este curso escolar.

    La cosa no tendría más relevancia si, en la misma fecha, por el mismo Director General y con el mismo objetivo, no hubiera aparecido otra resolución con el añadido «en el marco del Programa Educativo del Fondo Social Europeo de Aragón 2014-2020″, fondo del que parece estar excluida la escuela concertada en cuanto que esta última resolución a la que me refiero solo es para la escuela estatal. Es decir, el mismo programa y el mismo objetivo, pero esta vez con dotación económica para la pública.

    Y el agravio no está solo en la retribución salarial complementaria que puedan recibir los docentes de la pública que participen en el programa, que ya es grave, sino en que además, en el caso de la concertada, las cinco horas semanales que necesita cada grupo han de salir de la dotación horaria ordinaria del centro, por lo que las horas que ganamos para el AUNA las perdemos de otros apoyos ordinarios y específicos en horario lectivo, mientras que en la pública a los alumnos se les atiende sin menoscabo de esos otros apoyos referidos.

    ¿Es o no es ésta una situación que vulnera el principio de equidad del que tanto presume nuestro Gobierno? O me lo explican muy bien o en este caso, una vez más, yo solo veo que en nuestra comunidad autónoma los poderes públicos siguen empeñados en tratar como ciudadanos de segunda a los alumnos y las familias que no han elegido un centro de titularidad estatal. Una vez más, alumnos y familias de la concertada se han de conformar con ser simplemente ciudadanos de segunda.

     

  • Magnífico Encuentro

    Magnífico Encuentro

    Magnífico encuentro del que disfrutamos el pasado sábado con ocasión de la presentación oficial de la programación anual del Plan Diocesano de Pastoral.

    No es fácil acertar con el contenido y la metodología para una reunión de estas características, en la que, por un lado hay que transmitir un contenido eleborado y bien cuidado y, por, otro, hacerlo sin que las casi 600 personas que acudieron a la cita tuvieran en ningún momento sensación de aburrimiento. A ello contribuyó la esmerada organización de todos y cada uno de los detalles, la profesionalidad y buen hacer de nuestro amigo Juanjo Hernández, el gozo de compartir los hermanos, el tono bello y profundo del grupo Voces y Guitarras, la frescura de los entrevistados, la concisión del Obispo, la colaboración de los profesores del Colegio y de otras muchas personas …

    Mi más sincera felicitación para los organizadores, que se superan año tras año.

    Para mi gusto, un solo pero. Algunos echamos de menos, y no me refiero solo al encuentro del sábado, que también, un mayor protagonismo de la vida religiosa en la misión evangelizadora de nuestra iglesia diocesana. En el elenco de entrevistados hubo laicos (¡hasta de AC!), hubo jóvenes, hubo sacerdotes jóvenes, pero no hubo religiosos. No es que no los nombremos, sino más bien que no los tenemos presentes en los programas de acción si no es en cuanto que, además de religiosos, regentan alguna parroquia. Pero, ¿y las religiosas que no tienen tareas parroquiales? Es como si de repente la vida religiosa se hubiera convertido en elemento prescindible de la Iglesia. Paradójicamente en un momento en el que los planes pastorales hablan de una Iglesia en salida.

    Mi sensación se agudizó todavía más cuando dos días después, el lunes 1 de octubre, se nos convocó a los directores y responsables de pastoral de los colegios católicos de Zaragoza para la presentación del nuevo Directorio Diocesano de Catequesis en cuanto que en el mismo se establecen los fundamentos doctrinales y las directrices pastorales para la organización de la catequesis de la iniciación cristiana en nuestra diócesis. Y dado que la mayoría de estos colegios tienen una titularidad religiosa y que en muchos de ellos se ofrece a los alumnos la preparación y celebración de los sacramentos de la eucaristía y la confirmación, no deja de doler, aunque no de sorprender, por un lado la escasa asistencia a la convocatoria y, por otro, la sensación de desconocimiento mutuo, de distancia y de una vaga desafección.

    Pero como quiera que esta carencia detectada se puede considerar como un síntoma de un problema que va mucho más allá de su manifestación concreta, no por eso dejo de reconocer, y me alegro, de que el del sábado pasado fuera un magnífico encuentro.